Sin duda, tener la posibilidad de trabajar en TV Azteca cambió mi vida. Nací en Torreón Coahuila hace 34 años. Como estudiante de la carrera de comunicación uno sueña con estar cerca del lugar en el que se toman las decisiones, cerca de los lugares en el que ocurren los grandes sucesos que se transmiten por televisión. El deporte es uno de esos grandes escaparates en los que de vez en cuando brillan figuras que marcan una época. Mi padre, igual que los padres de millones de mexicanos, es aficionado al boxeo. Le inculcó a mi hermano mayor el gusto por el pugilismo, y mi hermano hizo de su afición una forma de vivir durante su adolescencia, peleó como amateur; yo mismo llegue a verlo arriba de un ring, vestido como aquellos que peleaban en televisión. Eso lo magnificaba, y yo, con muy pocos años encima, no podía más que admirarlo como si fuera el mismísimo Rocky Balboa.
Luego uno crece y la vida se vuelve mucho más compleja, la carrera como boxeador de mi hermano terminó el mismo día que decidió contraer nupcias, y yo me incliné más por el lado de las Artes Marciales. Quería ser como Bruce Lee, pasaba minutos enteros frente al espejo con los dedos en las comisuras de los ojos para que se me hicieran más rasgados (de pronto creo que funcionó), eso fue en mi infancia, luego me enteré de que Bruce Lee murió prácticamente antes de que yo naciera, y aunque nunca perdí el gusto por las Artes Marciales, en mi adolescencia mis amigos comenzaron a hablar de Julio César Chávez.
Mi padre lo admiraba, de pronto, la ciudad de Torreón se paralizaba cada vez que Julio César Peleaba en la televisión, la primera vez que el boxeo me llamó nuevamente la atención, fue viendo pelear a Chávez.
En 1997, la vida me llevó al Distrito Federal, a TV Azteca. Muchos sacrificios y momentos gratos desde entonces. He tenido la suerte de asistir a eventos internacionales desde 1998, Mundiales y Olimpiadas, y fue ahí, en Atenas 2004, que pude ver a Julio César Chávez de cerca. Algo había cambiado, Julio no era lo que yo esperaba, el campeón estaba perdiendo la pelea de su vida. Me enojó, amo tanto a mi padre que estaba seguro que de contarle lo que era del campeón hubiera causado una gran desilusión en el, y teniendo tan cerca a Chávez, no me atreví siquiera a pedirle una foto o un autógrafo para mi viejo. Me equivoque, Julio César Chávez es un excelente ser humano, como tal fue víctima de los excesos, pese a todo lo difícil que puede ser, porque nadie que no lo ha vivido puede imaginarlo, Julio César Chávez ganó por Knock Out su victoria más valiosa, recuperó el control de su vida, de su mente, recuperó a sus hijos, recuperó la admiración de México, del mundo, y mi humilde y eterna gratitud porque vuelve a ser, para mi y millones, un ejemplo de vida, de lucha, y triunfo.
Hoy, en mi oficina, además de las fotografías de mi familia, sobre el escritorio tengo una foto que tomó mi amigo Rafael Soto en Nuevo México, en diciembre de 2007, la foto que me recuerda, cada vez que estoy a punto de tirar la toalla, que nada es imposible, que ningún obstáculo o problema es tan grande como para no vencerlo, que si podemos, y que en el camino, siempre hay tiempo para hacer un alto y comenzar de nuevo. Gracias Rafa, es una foto extraordinaria, gracias Campeón eres un ejemplo para mi, el ídolo de mi padre y una historia de triunfo para mis hijos.


